Hasta hace poco el respetable público sólo despertaba interés en la medida que era capaz de satisfacer el ego de los artistas subidos al escenario. Había públicos buenos (los que se entregaban incondicionalmente a una ovación final que provocaba varios bises) y públicos malos (los que se parapetaban en una frialdad inadmisible). El respetable (y desconocido) público ha sido siempre un ingrediente abstracto del evento escénico.
Aunque Peter Brook diga que para que haya teatro debe haber, por lo menos, un actor y un espectador, la cultura escénica que hemos heredado se ha construido en torno a los creadores, y el público no ha sido más que lo que había en el lado oscuro de la sala más allá de la cuarta pared.