La crisis de financiación de las programaciones
estables de los espacios escénicos de proximidad ha llevado a buscar
modalidades de gestión que optimicen los menores recursos disponibles. Esto
está comportando una mayor cooperación público-privada y el abandono del caché
como régimen económico dominante para incorporar modalidades a riesgo
compartido.
Sin embargo, el debate sobre las modalidades de
gestión que facilitan una mayor eficiencia no debe distraernos de la necesidad
de otro debate aún más esencial: ¿para
qué debe servir esta magnífica red de infraestructuras escénicas que los
municipios han construido durante los años de bonanza y que ahora encuentran
dificultades para sostener?